La sobrecarga sensorial no es debilidad: qué pasa en realidad

La sobrecarga sensorial no es debilidad: qué pasa en realidad
Sales del supermercado y necesitas sentarte en el coche cinco minutos. No has hecho nada físico. Has comprado leche.

Sales del supermercado un sábado por la mañana y necesitas sentarte en el coche cinco minutos antes de arrancar. No has hecho nada físico. Has comprado leche. Y sin embargo estás como si hubieras trabajado tres horas.

No oyes más, descartas menos

La diferencia no está en los oídos ni en los ojos. Está en el filtro. Un cerebro poco sensible manda al fondo el zumbido de las neveras, la megafonía, el carro que chirría, las cuatro conversaciones cruzadas, el brillo de los fluorescentes sobre el suelo. Un cerebro sensible sigue procesando todo eso mientras busca la marca de arroz.

Ahí está el coste invisible. Para atender a una cosa tienes que gastar energía en no atender a las otras veinte. Nadie te ve hacer ese trabajo, ni siquiera tú, pero se paga.

Por eso la pregunta «¿pero qué has hecho para estar tan cansado?» no tiene buena respuesta. La respuesta real, procesar, no suena a nada.

Los cinco sentidos, uno a uno

Oído. Lo que más desgasta no es el ruido fuerte, es el irregular: un goteo, una conversación a medio oír, una música de fondo con letra. El cerebro intenta resolverlo una y otra vez.

Vista. Los fluorescentes, las pantallas con brillo alto, los sitios con mucho movimiento periférico. Un escritorio orientado a una puerta por la que pasa gente cuesta más que el mismo escritorio mirando a la pared.

Olfato. Es el sentido que menos se menciona y el que menos se controla. Un perfume fuerte en un ascensor, un ambientador de coche, el olor del microondas de la oficina. No hay forma de cerrar la nariz.

Tacto. La etiqueta de la camisa, la silla que aprieta, el reloj, la costura del calcetín. Cosas que empiezan siendo un detalle y a las cuatro horas son lo único en lo que piensas.

Gusto y temperatura. Comidas muy condimentadas, bebidas muy frías, una sala a veintiséis grados. Todo suma.

Lo que sí se puede hacer

Hay dos vías, y conviene usar las dos.

Reducir la entrada. Comprar a primera hora en vez del sábado a mediodía. Sentarte de espaldas al pasillo. Bajar el brillo de la pantalla y subir el tamaño de letra. Quitar el ambientador del coche. Cambiar la camisa que roza. Son ajustes ridiculamente pequeños y se notan al día siguiente.

Aumentar la recuperación. Esto es lo que casi nadie hace. La recuperación no es tiempo libre: es tiempo sin estímulos. Media hora viendo series no descansa un sistema saturado, lo mantiene ocupado. Lo que descansa es el silencio, la penumbra, caminar sin auriculares, tumbarse.

La regla del día siguiente

Si sabes que vas a tener un día cargado, una boda, un viaje, una mudanza, un congreso, la decisión importante no es cómo aguantar ese día. Es qué pones el día siguiente.

Dejar el domingo vacío después de un sábado social no es pereza. Es mantenimiento, igual que no correr dos maratones seguidas.

Una señal fiable

Cuando el sistema está saturado, casi todo el mundo sensible nota lo mismo antes de estallar: se vuelve irritable con detalles nimios. Un cable mal puesto, alguien que masca, una puerta que no cierra a la primera.

Esa irritabilidad no es mal carácter. Es el indicador de que el depósito está lleno. Si aprendes a leerlo como un dato y no como un defecto moral, te ahorras la mitad de las discusiones que vienen después.

El capítulo sobre gestión de la sobrecarga sensorial de Personas Altamente Sensibles recorre los sentidos uno a uno, con ejercicios diarios.

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