
Refuerzo positivo: por qué «qué listo eres» no funciona
Un niño sensible detecta el halago vacío al instante, y entonces deja de creerte también cuando algo sí está bien.

Un niño sensible detecta el halago vacío al instante, y entonces deja de creerte también cuando algo sí está bien.

El ruido que peor sienta no es el de la obra de la calle. Es la conversación ajena a medio oír.

Un rasgo que solo tuviera costes no habría sobrevivido. La mitad que falta explica por qué sigue existiendo.

Lo primero que sientes después no es tristeza, es vergüenza. Llorar con facilidad no indica debilidad, indica intensidad.

No por falta de logros. Por veinte años oyendo una versión de uno mismo que no encaja.

El coste no es el retraso. Es la media hora anterior calculando escenarios.

Para cuando tienes la respuesta ordenada, el tema ya ha cambiado dos veces. El problema no es el ritmo, es el silencio.

Sales del supermercado y necesitas sentarte en el coche cinco minutos. No has hecho nada físico. Has comprado leche.

Los ojos se cierran, los oídos se tapan. La nariz sigue trabajando mientras respiras, y respiras siempre.

A un niño se le recomienda un rincón de calma y nadie se extraña. A un adulto de cuarenta se le mira distinto. La necesidad es la misma.