Un niño sensible detecta el halago vacío al instante. Si le dices que todo lo que hace es maravilloso, deja de creerte, y de paso deja de creer lo que le dices cuando algo sí está bien. El refuerzo funciona, pero hay que hacerlo bien.
La diferencia que lo cambia todo
«Qué listo eres» y «has estado veinte minutos sin rendirte» parecen lo mismo y no lo son.
El primero elogia una cualidad fija. Obliga a mantenerla y, cuando algo sale mal, el niño concluye que ha dejado de ser listo. Muchos niños brillantes evitan lo difícil precisamente por esto.
El segundo elogia algo que hizo y que puede repetir. No depende de cuánto vale, depende de qué hizo.
Con niños altamente sensibles esta diferencia pesa el doble, porque se toman muy en serio lo que se dice de ellos y lo guardan.
Cómo se reconoce un elogio útil
- Es concreto. No «muy bien» sino «has recogido sin que te lo dijera».
- Va sobre la conducta, no sobre la persona.
- Llega pronto, no tres días después.
- Es proporcionado. Una fiesta por atarse un zapato suena a burla.
- No lleva coletilla. «Muy bien, a ver si ahora en mates» borra todo lo anterior.
Las metas, del tamaño correcto
Una meta que motiva es la que se ve alcanzable desde donde se está. Con niños sensibles conviene bajar el listón bastante más de lo que parece razonable, porque una meta demasiado alta no les estimula: les da por perdido el intento antes de empezar.
La receta que funciona: dividir en pasos pequeños y celebrar cada paso. Y que la meta la ponga él, o al menos la elija entre dos que propongas tú.
Un panel visible donde se vea el avance ayuda mucho, sobre todo entre los cinco y los nueve años. No tiene que ser de pegatinas ni de premios: basta con ver el recorrido.
Con premios, cuidado
Los premios materiales funcionan a corto plazo y tienen un efecto conocido: cuando se retiran, la conducta suele caer por debajo del punto de partida, porque el niño ha dejado de hacerlo por el motivo original.
Son razonables para arrancar algo concreto y por tiempo limitado. Para lo que quieres que dure, es mejor otra moneda: tu atención, un rato contigo, que se note que te has dado cuenta.
Cuando algo sale mal
Aquí es donde más se construye o más se rompe. Un niño sensible que falla ya se está castigando solo, y con dureza. Añadir reproche no enseña nada, solo confirma lo que ya se estaba diciendo.
Lo que conviene es separar el hecho de la identidad: «eso ha salido mal y se puede arreglar» en vez de «siempre igual». Y después, pasar página de verdad, sin recordarlo tres días.
El refuerzo más barato
Darse cuenta. Decir en voz alta que has visto algo pequeño que hizo bien, sin convertirlo en ceremonia. Muchos niños sensibles llevan años con la sensación de que solo se nota lo que hacen mal, y que alguien registre lo otro cambia bastante más de lo que parece.
El refuerzo positivo y el establecimiento de metas están desarrollados en Corazones Valientes, Niños Sensibles, también aplicados al aula.