Un niño no puede manejar lo que no sabe nombrar. Si todo lo que le pasa cabe en tres palabras, bien, mal y enfadado, el resto va a salir por el cuerpo: por el suelo del pasillo, por la tripa, por un portazo.
Ampliar el vocabulario cambia la conducta
Esto suena a teoría y es de lo más práctico que hay. Cuando un niño puede decir «estoy nervioso porque mañana hay examen», ya no necesita gritar para expresarlo. La palabra hace el trabajo que antes hacía el grito.
En niños altamente sensibles esto pesa más, porque sienten más matices que los que saben decir. Tienen la experiencia y les falta el idioma.
El termómetro, para empezar
Antes que la variedad, la intensidad. Muchos niños funcionan en dos posiciones, cero o cien, y aprenden a distinguir los pasos intermedios con una escala visual.
Dibujad juntos un termómetro con cinco marcas, de tranquilo a explotado, y ponedle a cada una un nombre suyo. Lo importante es que los nombres los elija él, aunque sean raros.
A partir de ahí se usa a diario y sin drama: «¿en qué número estás?» Es una pregunta que se contesta en dos segundos, incluso enfadado.
El objetivo real es que aprenda a detectar el tres, porque en el tres todavía se puede hacer algo. En el cinco ya no.
Las emociones como personajes
Para los más pequeños funciona mejor personificarlas que clasificarlas. ¿Cómo es el Señor Enfado? ¿De qué color va? ¿Cuándo aparece? ¿Qué le hace irse?
Pedirle que los dibuje tiene dos ventajas. La primera, que hablar de un personaje es mucho más fácil que hablar de uno mismo. La segunda, que al dibujarlo lo pone fuera: deja de ser él y pasa a ser algo que le visita.
Esa distancia es exactamente lo que necesita para poder mirarlo.
Dónde se nota en el cuerpo
Un paso que casi nadie da y que rinde mucho: preguntar dónde lo siente. La tripa, la garganta, la cabeza, las piernas.
Los niños sensibles suelen tener localizaciones muy claras, y cuando aprenden a reconocer su señal física, tienen un aviso previo. La tripa avisa antes de que llegue el grito.
Se puede hacer con una silueta dibujada en un folio y pinturas, coloreando la zona.
Lo que dices tú cuenta más
Ningún ejercicio enseña tanto como oírte a ti. Nombrar tus propias emociones en voz alta, con normalidad y sin convertirlo en lección:
- «Hoy vengo cansado y con poca paciencia, avísame si me pongo bruto.»
- «Me ha dado rabia lo que ha pasado en el trabajo.»
- «Estoy contento y nervioso a la vez, las dos cosas.»
Esa última es importante. Que dos emociones pueden convivir es de las cosas más útiles que va a aprender, y se aprende viéndolo, no explicándolo.
Lo que conviene evitar
Corregir la emoción: «no puedes estar triste por eso». Le enseña que hay emociones con permiso y otras sin permiso, y que las segundas se ocultan.
Y el interrogatorio. Preguntar cada media hora cómo se siente acaba cansando a cualquiera. Mejor poco, en momentos tranquilos, y sobre todo dando ejemplo.
La identificación de emociones ocupa un bloque entero de Corazones Valientes, Niños Sensibles, con fichas y ejercicios.