Hay cosas que un niño no sabe decir. No porque las esconda, sino porque todavía no tiene palabras para ellas. El dibujo, la música o el barro hacen ese trabajo mucho antes que el lenguaje.
Por qué funciona
Contar algo con palabras exige ordenarlo primero. Dibujarlo no. Por eso aparecen en un papel cosas que en una conversación no habrían salido, y por eso los niños que dibujan mucho suelen regularse mejor.
Hay además un efecto práctico: mientras las manos trabajan, el cuerpo baja revoluciones. Media hora de pinturas después de un mal día hace más que media hora de preguntas.
Cuatro propuestas concretas
El diario de dibujos. Un cuaderno para él, sin reglas y sin que nadie lo revise. Algunos días dibujará monstruos y otros coches. Todo vale, y lo importante es la costumbre, no el contenido.
Dibujar la emoción. «¿Qué forma tiene el enfado? ¿De qué color es?» Ponerlo en un papel lo saca de dentro y lo convierte en algo que se puede mirar desde fuera.
Inventar historias con él dentro. Un personaje que se parece a él y que pasa por algo parecido a lo que le pasa. Hablar del personaje es infinitamente más fácil que hablar de uno mismo, y se acaba hablando de lo mismo.
Música y movimiento. No todos los niños son de dibujar. Algunos descargan mucho mejor bailando, aporreando un tambor o cantando a gritos en su cuarto. Es igual de válido y a veces más eficaz.
Las reglas que lo estropean todo
No corrijas. Ni el trazo, ni el color, ni que el cielo sea morado.
No interpretes en voz alta. «Has dibujado a mamá pequeñita, ¿es que te sientes solo?» cierra la puerta para siempre. Si quieres saber, pregunta por el dibujo: «cuéntame qué pasa aquí».
No lo conviertas en tarea. Un rato de creación obligatorio deja de ser un desahogo.
No lo enseñes a todo el mundo. Si sabe que su cuaderno acaba en el grupo de la familia, dejará de poner ahí lo que importa.
Qué hacer cuando aparece algo fuerte
A veces sale un dibujo que impresiona. La reacción que conviene no es alarmarse ni cambiar de tema.
Lo que funciona es quedarse cerca y preguntar sin cargar: «¿quién es este?», «¿y qué pasa después?». Muchas veces la historia se resuelve sola dentro del propio dibujo. Y si lo que hay detrás es serio, eso ya no es materia de un artículo ni de un cuaderno: es materia de un profesional.
El material, que importa menos de lo que parece
No hace falta comprar nada especial. Folios, ceras, lápices de colores y un sitio donde se pueda manchar. Lo que sí ayuda es tenerlo accesible, en una caja a su altura, para que pueda cogerlo cuando lo necesite sin pedir permiso.
Esa autonomía es la mitad del asunto: el objetivo no es que dibuje cuando tú lo propones, sino que sepa que tiene ahí una salida.
Los proyectos creativos para la autoexpresión están desarrollados en Corazones Valientes, Niños Sensibles.